La debilidad de la un día todopoderosa industria alemana se ha convertido estos años en el peor síntoma de la enfermedad crónica que padece la economía del país. La feroz competencia china, los elevados precios de la energía, la subida de los tipos de interés y la pérdida de competitividad de históricas marcas punteras han percutido sobre este vital motor económico en un país que basó su modelo de éxito en las exportaciones de alto valor añadido. Tras cinco años de estancamiento del PIB, cada dato que emana del sector se estudia con lupa buscando cualquier brizna de recuperación. Ahora, con la esperanza de que el gran estímulo lanzado por Berlín devuelva a la senda del crecimiento en 2026, la industria ha emitido su señal más poderosa en dos años y ha extendido el optimismo de que deje de ser un lastre para el crecimiento.
